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La milpa en la cuenca de Amanalco: recuperando prácticas agrícolas antiguas para salvar los bosques de México

Las prácticas agrícolas antiguas se valen de los recursos de recursos naturales para nutrir y conservar cultivos; de esta forma evitan explotar y dañar al bosque.

AUTOR: Gerardo Suarez|08/11/2017

Para las comunidades de la Cuenca Amanalco-Valle de Bravo, conservar el bosque significa ser capaz de aprovecharlo sin dejar de conservarlo. Los habitantes de esta región, se encargan de mantener equilibradas sus necesidades con las del bosque, de entrada, porque practican una agricultura totalmente sostenible. Se trata de tan solo una pieza fundamental del complejo de actividades que construyen su manejo integrado del territorio.

A través del Programa de gestión comunitaria del territorio del CCMSS, se ha impulsado el desarrollo local entre las comunidades de la Cuenca de Amanalco, en el Estado de México. Las estrategias planteadas por el CCMSS parten de un enfoque sostenible que integra el saber local y enfatiza en la necesidad de seguir implementando el manejo forestal comunitario y asegurando los derechos sobre la tierra.

Este trabajo en Amanalco ha sido esencial, pues la zona alberga 35,444 hectáreas de bosque y 53 ejidos; además abastece una quinta parte del agua utilizada en la Ciudad de México: es un entorno vital, no sólo para quienes lo habitan.

La agricultura campesina es una de las estrategias más importantes en este territorio. Los objetivos centrales de reforzar esta práctica son mejorar la vida de los campesinos y regenerar los paisajes agrícolas. Para lograrlo, los campesinos locales han actuado en distinto ejes de trabajo, aplicando técnicas agrícolas que aprendieron de sus antepasados.

Técnicas ancestrales que están salvando a los bosques

La agricultura no sostenible ha dejado de concentrarse en la fertilidad del suelo, no ha sido preocupante que los sistemas para fertilizarla terminen siendo contraproducentes. Este es un punto clave para los campesinos de Amanalco. Toda la fertilización de la tierra se hace de manera orgánica, utilizando desechos animales y desperdicio orgánico, que se trabaja en una composta. La composta es nutritiva para el suelo e incentiva la microvida del mismo, sin filtrar químicos contaminantes al agua que humedece la tierra. Lo mismo cuando se trata de insecticidas: nunca se utilizan otros que los que se pueden fabricar con productos orgánicos.

Mantener orgánico el proceso responde a una premisa que se ha transmitido por generaciones: si la tierra está sana, los que consumen sus productos están sanos. De la misma tradición surge la dieta de milpa: sustentable forma de nutrir a las comunidades que se vale de los productos sembrados —especialmente frijol, calabaza, maíz y chile— y de los frutos obtenidos de los árboles en el bosque, entre otras plantas y animales silvestres.

La sustentabilidad también recae en que sólo se siembran semillas nativas, nunca sus variantes modificadas. Esta práctica también favorece la recuperación de la biodiversidad. La diversificación —que sustituye a los monocultivos de la agricultura expansiva— también responde a mantener la fertilidad de la tierra. Se trata de sembrar tanto como sea posible, en distintas temporadas, sin hacer las parcelas más grandes. Incluso se ha recuperado la siembra y utilización de plantas medicinales, ligadas a la milpa y la tradición herbolaria de las mujeres campesinas.

Es necesario, además, el trabajo constante de los campesinos, que son responsables también de reforestar todo lo que se utiliza y de dar mantenimiento constante a los terrenos, incluidas las parcelas, los caminos, las brechas cortafuegos y al bosque mismo.

 

La milpa es la práctica más valiosa

La milpa, práctica agrícola ancestral, se convierte entonces en centro de comunidad, pues alimenta a quienes la trabajan, evitando que migren a otros territorios o a estilos de vida que no son representativos de su propia identidad. Es un modelo que alguna vez dominó las tierras mexicanas y que es necesario volver a replicar en todos lados, pues deviene en la solidificación de la economía campesina, al sostener la seguridad alimentaria. Es sumamente valioso que las comunidades y pueblos indígenas en ejidos como los de Amanalco puedan utilizar la tierra que legítimamente les pertenece, no sólo para sobrevivir, sino para vivir bien. Esto quiere decir vivir con buena salud y con la posibilidad de mantener su identidad cultural ligada al bosque —su tierra— en las próximas generaciones.

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