Con respecto a la conservación de los suelos, discursivamente parece que México está muy bien, pero la realidad es que los estudios muestran que entre el 45 y 76 por ciento de los suelos están degradados. Hay muchas causas de pérdida de la soberanía alimentaria, pero una muy grave y severa es la degradación de los suelos y las políticas y programas gubernamentales atienden este tema de manera muy deficiente.

La investigadora del Centro Geo y de la UNAM, Helena Cotler Ávalos, acusa que “en la propia Comisión Nacional Forestal (Conafor) la gerencia de suelos ya desapareció; y en Sagarpa los programas -que destinan solo entre 1 y 2 por ciento del presupuesto de la dependencia a este componente-, están hechos para desarrollar infraestructura hidráulica, es decir, sistemas de riego. Es un tema abandonado que no se ha visibilizado y no se ha construido un interés público al respecto a pesar de su inminente importancia”.

La especialista en suelos y ecosistemas forestales explica que “siempre que se habla de bosques, se habla de los recursos maderables, de la superficie arbórea y no de los suelos, cuando estos son el soporte de esa vegetación. Es indispensable que se vea al ecosistema forestal de manera integral, tomando en cuenta los suelos y considerando, entonces, que todas aquellas acciones que estemos realizando en los suelos van a repercutir en la capacidad de soporte, de retención de humedad, de biodiversidad, de almacenamiento de carbono en los bosques.

Demanda que “todo esto tiene que estar reflejado en los instrumentos de política pública, de tal manera que las acciones que realicemos vayan en el sentido de mejorar los servicios ecosistémicos en las regiones forestales”.

Los programas relativos a la conservación y restauración de suelos que se derivan de la política forestal han propiciado que se tenga un abanico de acciones muy reducido. Lamenta que solo contamos con un manual, donde predominan prácticas mecánicas de retención de sedimentos y no de conservación de suelos. Estas prácticas se están realizando de manera uniforme por todo el país sin importar las condiciones ecosistémicas.

Refiere que “tenemos zanjas desde Chihuahua hasta Chiapas, y sin importar que ecosistema forestal estemos interviniendo. Se están impulsando acciones por receta, como si todo el territorio tuviera las mismas condiciones edáficas y climáticas, al mismo tiempo, muchas prácticas que realizaban las comunidades para la conservación de suelos se están dejando de lado”.

La doctora Helena Cotler acusa que no se está reconociendo el conocimiento comunitario en términos del manejo forestal integral. “Más bien, se les está imponiendo cierto tipo de prácticas; asimismo, muchas comunidades se oponen a este tipo de prácticas estandarizadas y no les dan seguimiento, porque consideran que estuvo bien mientras les dieron un subsidio económico, pero que no le ven, realmente, ningún sentido”.

Con esta visión simplista de un recurso tan valioso como lo es el suelo “se está erosionando el conocimiento de las comunidades a través de la implementación de prácticas uniformes, homogeneizantes en todo el país. En vez de estar reforzando el conocimiento del ecosistema, de su integridad y conservación. Lo que se están haciendo, son prácticas sin ningún sentido”.

Detalla que, con base en datos recabados en un estudio sobre el impacto negativo de las zanjas en los suelos forestales en el Eje neo-volcánico, en suelos andosoles muy profundos y con bastante materia orgánica, la Conafor sí reconoció que eran problemáticos y en 2015 modificó las reglas de operación de sus programas para evitar la construcción de zanjas en el Eje neo-volcánico.

Pero las acciones deben ir más allá, plantea que se tiene que modificar ese manual de conservación de suelos. “No tiene que haber solo un manual, tiene que haber un abanico de prácticas en función de las condiciones ambientales y el conocimiento local de las comunidades que manejan esos ecosistemas”.

Por otra parte, señala que hay muchas iniciativas del sector privado para incidir en la restauración de los ecosistemas forestales, en las que “implementan acciones de conservación como reforestación o zanjas en las propias Áreas Naturales Protegidas, y en vez de generar mejoras en los ecosistemas, le provocan más impactos negativos. Ya nos hemos acercado con varias de estas empresas y hemos obtenido respuestas tímidas al respecto, porque siguen con este tipo de prácticas que son nocivas a la infiltración, a la captura de carbono y a la erosión de suelos”.

Comparte que junto con un grupo de investigadores se encuentra trabajando en un “índice de valoración económica de las afectaciones ambientales que generan este tipo de acciones. Recomienda que “si alguna empresa quiere invertir en acciones de conservación debería acercarse al consejo consultivo del as áreas naturales protegidas, a expertos para que les asesoren correctamente.