Del altépetl al paisaje: cinco siglos de manejo del territorio en México

velasco-interiorCada día cobra más fuerza el manejo integrado de paisajes, un enfoque que busca gestionar en forma integral los distintos usos de suelo que ocupan una geografía. Entre las mayores dificultades que ha enfrentado este esfuerzo están la de encontrar una definición adecuada de “paisaje” y la de saber qué es lo que se debe manejar y gestionar en él. En esta tesitura, desde la geografía cultural y la historia nos llega una enorme aportación: un nuevo artículo de Federico Fernández Christlieb que explora los orígenes del término en Holanda, España y México, y muestra cómo conjuga legalidad, sociedad y ecología.

Según la definición que ofrece el Foro Global de los Paisajes, una iniciativa del Centro para la Investigación Forestal Internacional (CIFOR), el manejo de paisajes implica “ver y gestionar los múltiples usos de suelo en una forma integrada, considerando tanto el ambiente natural como los sistemas humanos que dependen de él”. Su principal atribución está en que permite a los actores “identificar opciones de políticas públicas, de inversiones y de investigación” al integrar distintos sectores, facilitar las negociaciones entre distintos intereses, trabajar en distintos ecosistemas que conviven en una misma geografía o intervenir de tal forma que se beneficie a distintas poblaciones y sectores a un tiempo.

A pesar de que al menos eso se sabe, muchas cosas quedan en el aire. No está del todo claro, por ejemplo, dónde termina un paisaje -¿allende el bosque?, ¿dónde empieza el pueblo cercano?-, ni quiénes lo pueblan, sobre todo en un contexto con grandes flujos migratorios y una economía dependiente de las remesas. Por no haber, no hay ni siquiera un acuerdo sobre el término correcto para referirse a ese enfoque, y CIFOR reporta que una investigación compiló una lista de 78 términos diferentes que podrían querer decir “enfoque de paisajes”.

Mapa de Cuauhtinchan número 2
El Mapa de Cuauhtinchán Número 2 es una muestra de cómo veían los paisajes los habitantes del centro de México antes y durante la Conquista: marcados por la historia, la comunidad, la ley y la geografía.

Así las cosas, vale la pena ver qué se ha llamado antes “paisaje”, y nada mejor que echar un ojo al artículo que Fernández Christlieb acaba de publicar en el Journal of Cultural Geography, titulado Landschaft, pueblo y altépetl: una consideración del paisaje en el siglo XVI en el centro de México. En él, el investigador del Instituto de Geografía de la UNAM explora los orígenes y las implicaciones de este concepto que en el siglo XVI englobaba a los miembros de una comunidad, el territorio que poblaban y el cuerpo legal que los regía y unía. En la España que reconquistaba Iberia ese concepto se llamaba “pueblo”, “pago” o “pintura”, según los diferentes matices que se le quisieran dar, y en su equivalente germano “landschaft” fue la base del esfuerzo del muy flamenco Carlos I de España y V de Alemania por racionalizar el gobierno de los territorio rurales sobre los que reinaba, y le sirvió para hacer más eficiente la acción de lo que ya empezaba a parecer Estado.

Según explica Fernández Christlieb, cuando los españoles llegaron al centro de México, encontraron que un término en muchos sentidos equivalente al landschaft o a la tercia pueblo-pago-pintura aplicaba a los hombres y mujeres con los que se encontraban. Dice el geógrafo: “Sus traductores les informaron que las sociedades con las que interactuaban se llamaban altépetl”, un término que en náhuatl se refería a “una comunidad organizada cuyos miembros están atados a la tierra por una ley tradicional y que tienen una interacción con el entorno natural”.

El altépetl era una comunidad organizada bajo el liderazgo de un tlatoani y dividida en calpolli, compuesta por gente del mismo origen étnico, devota del mismo divino patrono y especializada en una actividad particular. Era también un marco legal, que unía a los miembros de cada altépetl a través de compromisos recíprocos, como los pagos de tributos o un riguroso orden que repartía obligaciones celebratorias entre los distintos calpolli, y que unía a cada altépetl con otros en un hueyaltépetl. Era, además, un territorio apropiado culturalmente a través de un mito fundacional, en el que no había una división estricta entre lo urbano y lo rural, y en el que había espacios para distintas actividades productivas y económicas, desde la recolección de leña hasta la agricultura.

Eugenio_Landesio_-_The_Valley_of_Mexico_Seen_from_the_Tenayo_Hill_-_Google_Art_ProjectEn ese raro tiempo de negociación, asimilación e imposición que fue la Conquista, los españoles forzaron la instauración de lo urbano y fracturaron la gama de matices que lo unía con lo rural, pero no rompieron el altépetl del todo. Al contrario, muchas veces “respetaron la organización social y territorial de los indígenas porque era la mejor manera de controlar a la población local, de cobrarle impuestos y de evangelizarla”. De esta superposición de legalidades, concepciones del territorio y poblaciones, surgieron con el tiempo muchas de las que hoy son comunidades agrarias, que han incorporado aún otro elemento legal nuevo: Donde primero hubo varios calpolli en un altépetl, hubo después “pueblos”, “pagos” o “pinturas”; después, los pueblos que lograron pasar el siglo XIX sin perder sus tierras a las compañías deslindadoras o a los caciques locales, se convirtieron en un elemento nuevo; por último, con el cardenismo muchas de ellas se hicieron “comunidades agrarias”, pero eso ya va más allá de lo que Fernández Christlieb cuenta en su artículo.

Lo que sí ofrece Fernández Christlieb en su artículo es esta otra visión del paisaje, una que incorpora no sólo los elementos ecológicos o productivos, sino también los elementos más urbanos y -lo que nos parece más relevante para las discusiones actuales- elementos legales y políticos. Quizá la construcción de complejos de políticas públicas sería más fácil si incorporáramos como elemento endógeno del paisaje el entorno legal que lo rige y construye, y si empezáramos a ver el entorno político como parte del paisaje, y no como una superposición.


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